Mucho antes de que Emilie fuera un negocio —antes de Emilia y antes de Zoe, nuestro gato ragdoll— hacíamos velas tradicionales en casa por diversión.
Aquello nos enseñó cuánto importa la mecha, cuánto importa el recipiente y con qué facilidad sale mal todo cuando falla uno de los dos. La vela hacía un túnel por el centro mientras la cera buena quedaba intacta en los bordes. Algunos aromas olían de maravilla al principio y después resultaban excesivos. Las llamas crecían más de lo debido, los recipientes se calentaban muchísimo y los tarros usados se iban acumulando.
Vimos los mismos problemas en velas de marcas mucho más grandes, vendidas como si las velas simplemente tuvieran que comportarse así. Con el tiempo dejamos de hacerlas, pero la sensación de que la luz de vela podía hacerse de otra manera nunca se fue del todo.
Entonces, en 2019, Artur se topó con un antiguo vídeo de un evento en el que aparecía un material para velas suelto, parecido a la arena. El producto en sí era básico y estaba hecho con parafina, pero la idea se le quedó grabada. Aquel vídeo nos llevó a meses de investigación, a conversaciones con un fabricante de cera y a más pruebas fallidas de las que podemos contar.
Al final desarrollamos una cera vegetal en formato de microperlas, sin parafina ni soja. Probamos mecha tras mecha, color tras color y aroma tras aroma, hasta que dejó de parecer otra versión de una vela y empezó a sentirse como un sistema propio.